Carreras por llegar el primero a un aparcamiento vacío, disputas por
organizar una zona, esconderse de la policía… Este es el pan de cada día de los
gorrillas y así es como se ganan la
vida.
Un gorrilla puede ganar entre 20 y 25 euros
al día en una jornada de trabajo
I.A
se pide un café y saca de su bolsillo un puñado de monedas para pagarlo. Nos
sentamos tranquilamente a hablar en el bar al que él suele ir ya que son las
11:00 de la mañana y no hay mucho
trabajo a esas horas. “Ahora la gente está trabajando, hay poco movimiento,
suelo aprovechar este tiempo para descansar de haber estado tres horas de pie y
sin parar”, cuenta mientras resopla quejándose del calor. Fue precisamente el
clima levantino uno de los principales causantes de su llegada a España: “Me
encanta el sol que hace aquí en Valencia, el
buen tiempo hace que la gente sea más alegre y sociable. En Ucrania hace
muchísimo frío y la gente está deprimida”.
Sorprendentemente,
I.A no deja de sonreír y se muestra muy alegre durante toda la conversación ¿Cómo
puede un hombre de más de 40 años, hijo de un catedrático de la Universidad de
Kiev y que es licenciado en Economía ser tan feliz y estar tan a gusto
aparcando coches día tras día? La respuesta a esta pregunta la da Concha Alberola, una vecina de la zona
en la que I.A suele trabajar y que conoce muy bien al gorrilla: “Es una persona muy vitalista y que disfruta del momento
así como de la tierra en la que viven”. Alberola estuvo dando clases de español
a I.A y a su compañero I.K durante tres años y a día de hoy sigue ayudándoles
en todo lo que necesitan. Al preguntarle a I.A por Doña Concha –así es como la
llaman ambos- se le ilumina la cara y responde esbozando una sonrisa que Concha
es “como una madre para mí”.
Llega
la tarde y me dispongo a acompañar a I.K, procedente de Rusia, en su labor de aparcacoches. El joven
siberiano se muestra con mucha predisposición a hablar y a contarme sus
vivencias. Como la mayoría de “gorrillas” él también ha tenido problemas con la
policía: “Estuve 48 horas en el calabozo, me quitaron el pasaporte y aun no me
lo han devuelto. Lo más sorprendente fue cuando vi la multa, la infracción que
había cometido era haber cruzado la calzada sin utilizar el paso de peatones”
Explicaba el joven siberiano con cara de incredulidad. Al parecer, al no haberle cazado en el
momento preciso, la policía no podía multarle por aparcar coches.
“Puedo
contarte más situaciones con la policía” continúa con muchas ganas de colaborar
en el reportaje. Se notaba que I.K estaba a gusto con alguien escuchándole y
pudiendo denunciar el trato de la policía.
“Un día me pararon y me preguntaron de dónde había sacado mi MP4, que si
lo había robado. ¿Tengo mis ahorros sabes? Puedo comprarme un reproductor de
música de segunda mano”, afirmaba con cierta indignación.
“Aun
así ¿entiendes por qué se comportan de esta manera no?” Le pregunto intuyendo
que I.K será sensato en su respuesta. “Claro, es normal entre los gorrillas hay mucha gente cabrona, pero nosotros no somos de esos”, aclara.
Quería
encontrarme con esa “gente cabrona” a
la que I.K hacía referencia, verla trabajar y comprobar si a simple vista se
notaban las diferencias entre los gorrillas
con los que estaba pasando el día, por lo que el joven ruso me indicó donde
trabajaba es gente.
“Hay que ser inteligente, no puedes obligar a nadie
a que te dé dinero por ayudarles a aparcar el coche.”
Al
llegar a la zona me di cuenta de que en primera instancia todo parecía igual:
había dos gorrillas organizando el parking y pidiendo una limosna por su
servicio a la gente a la que ayudaban. Por ello comencé a preguntar a algunas
de las personas que aparcaron el coche en esa zona durante los 20 minutos que
estuve ahí. “No entiendo porque les tengo que pagar cada día por dejar el coche
en la puerta de mi casa”, afirmaba una vecina en notable desacuerdo con la
situación. “Trabajo por aquí, y si no quiero arriesgarme a encontrarme el coche
en mal estado, que por aquí pasa bastante, debo darles aunque sea una cantidad
simbólica” contaba uno de los conductores. “No estoy ni a favor ni en contra de
que aquí haya gorrillas pero para que
estén ganándose la vida de otra forma mejor que estén aquí aparcando coches”
opinaba otra de las vecinas.
Las
conclusiones que uno saca de esa breve visita a ese descampado que hace a las
veces de parking es que, los vecinos
no quieren a esos aparcacoches en su barrio. Sin duda esa sensación dista mucho
de la que uno tiene al ver la relación que tienen I.K y I.A con vecinas como
Concha o con los propios camareros del bar a los que ayudan prácticamente a
diario en cualquier tarea que puedan cumplir a cambio de una propina.
Le
pregunto a I.A, el más experimentado de mis compañeros de jornada, porqué ellos
son tan apreciados en su barrio mientras que la mayoría de gorrillas no son bien recibidos en las calles de Valencia. “Hay que
ser inteligente, no puedes obligar a nadie a que te dé dinero por ayudarles a
aparcar el coche, por lo que después de dar nuestro servicio pedimos una
limosna, si no nos la dan no pasa nada. Además si empiezas a rayar coches y los
vecinos te ven como una amenaza es cuando empiezan los problemas con la
policía”.
El Ayuntamiento y su lucha con los gorrillas
El
Ayuntamiento de Valencia lleva buscando soluciones para el problema de los
gorrillas. En verano de 2011 se comenzó con una nueva iniciativa mediante la
cual los condenados a trabajos en beneficio de la comunidad colaborarían con la
policía local informando a los conductores y organizando los parkings de unas
zonas asignadas. Joan Carles Hernández, técnico de esta sección del
ayuntamiento afirma que esta medida indirectamente “ha limpiado nuestras
principales calles de gorrillas
ilegales” aunque recuerda que su objetivo no es ese sino que los penados
“cumplan satisfactoria su condena y presten a la vez unos servicios a la
comunidad”.
Afortunadamente
para I.K e I.A y sus vecinos estos colaboradores de la policía local no han
llegado a su barrio, por lo que ambos gorrillas pueden seguir trabajando de una
forma relativamente tranquila y ganarse la vida moneda a moneda.
